Domingo, 1 De Febrero : San Jerónimo
“Yo creo que contemplaré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes” (Sal 27,13), decía David. ¿Qué bienes podía buscar ese rey, qué podía faltar a ese hombre, de un tal poder que sus riquezas satisficieron a su hijo Salomón, no superado en el universo por su opulencia? En la tierra de vivientes, David buscaba esos bienes “que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman” (1 Cor 2,9). “¡Felices los mansos, porque recibirán la tierra en herencia!” (Mt 5,5), escuchamos en el Evangelio. (…) En un Salmo se exclama “Acuérdate, Señor, en favor de David, de todos sus desvelos” (Sal 132,1), y también “El Señor eleva a los oprimidos” (Sal 146,6). Leemos además “Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11,29). Y Moisés, figura de Cristo, es presentado por la Escritura como el más manso entre los hombres (cf. Nm 12,3). Si, la tierra de vivientes es aquella en que se han preparado los bienes del Señor para los santos y los mansos. Antes de la venida en la carne de nuestro Señor y Salvador, esos bienes fueron inaccesibles, mismo a Abraham (…). El primer Adán había perdido la tierra de vivientes, tierra de riquezas y de bienes de Dios. El segundo Adán la ha reencontrado o, más bien, la ha otorgado.
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