Lunes, 8 De Septiembre : San Teodoro el Estudita
Nadie jamás estuvo tan próxima a Dios como la bienaventurada y toda admirable Virgen María. La más pura, más irreprochable. Fue tan infinitamente amada de Dios, luz suprema e totalmente pura, que él se encarnó en ella por la irrupción del Espíritu Santo, guardando su propia naturaleza sin cambio y sin confusión. ¡Qué maravilla! En su inmenso amor por los hombres, Dios no dudó en tomar como Madre la que era su sierva. ¡Qué condescendencia! En su infinita bondad no hesitó en devenir Hijo de la que había él mismo creado. Estaba realmente embelesado por la más graciosa de sus criaturas y la consideró más valiosa que las potencias del cielo. La palabra del profeta Zacarías se puede aplicar a ella “Grita de júbilo y alégrate, hija de Sion, porque yo vengo a habitar en medio de ti, oráculo del Señor” (Za 2,14). (…) “Alégrate, casa del Señor, tierra que Dios ha marcado con su paso. Tú, que has contenido en tu seno al que, por su divinidad, nada puede contener. De ti, el que es simplicidad, ha tomado la naturaleza compleja del hombre. El Eterno entró en el tiempo y el Infinito en la finitud. Alégrate plena de gracia, tu nombre alegra más que toda alegría. De ti ha venido al mundo la alegría inmortal, Cristo, remedio a la tristeza de los hombres. Alégrate, paraíso más feliz que el jardín del Edén, donde germina toda virtud y crece el árbol de Vida” (cf. liturgia bizantina: troparios a la Theotokos, Himno Acatista).
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