Sábado, 14 De Marzo : San Gregorio Magno
Frecuentemente, abatido el justo por algunas adversidades, se siente obligado a considerar el estado de su vida. Así acaeció con el bienaventurado Job. Después de una vida justa, era acabado por las desdichas. Acontece que cuando un hombre injusto escucha la palabra del justo, ve en ella orgullo en vez de sinceridad. Según sea su propio corazón mide la palabra del justo y no cree que la palabra del sabio pueda ser dicha con humildad. Es una falta grave arrogarse lo que no se es, en cambio, no hay ninguna falta en expresarlo con humildad cuando se tiene una virtud. El justo y el injusto pueden tener las mismas palabras, pero sus corazones no se asemejan. Según que vengan del justo o del injusto, iguales palabras ofenden o agradan al Señor. El Fariseo entrado en el Templo decía “Ayuno dos veces por semana, doy la dima de todo lo que poseo”. Pero el Publicano salió del Templo justificado y el Fariseo no. El rey Ezequías, gravemente afectado por la enfermedad y llegado al término de su vida, decía en la compunción de la oración “Te suplico, Señor, recuerda que he caminado en la verdad con un corazón perfecto” (cf. Is 38,3). A esta declaración de perfección, el Señor no opone ni desprecio ni rechazo, sino que escucha enseguida su oración. He aquí el Fariseo, que se declara justo en sus obras, y Ezequías que ha afirmado ser justo hasta en sus pensamientos. Una misma actitud, pero uno a ofendido al Señor y el otro le ha agradado. ¿Por qué? Porque Dios Todopoderoso pesa las palabras de cada uno de nosotros según nuestros pensamientos y su oído no escucha orgullo en las palabras que vienen de la humildad del corazón. Así actuaba el bienaventurado Job, que exponía sus buenas obras sin el orgullo que desagrada tanto a Dios, diciendo con humildad lo que había hecho en verdad.
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