Viernes, 2 De Enero : Simeón el Nuevo Teólogo
La luz nos conduce de la mano, nos fortifica, nos enseña, se muestra, y huye cuando la necesitamos. No cuando queremos -eso pertenece a los perfectos- sino cuando estamos confundidos y completamente agotados que viene a nuestro auxilio. Aparece a lo lejos y me ofrece de resentirla en mi corazón. Grito con gran fuerza tanto la quiero tener, pero todo es noche y mis pobres manos están vacías. Olvido todo, me siento y lloro, desesperado por verla otra vez. Cuando lloré bastante y consentí a parar, ella viene misteriosamente y me toma. Entonces me fundo en lágrimas, sin saber que ella está ahí iluminando mi espíritu con una suave luz. Pero cuando la reconozco, se va rápidamente, dejando en mí el fuego de divino deseo. Poco a poco este se alumbra y atraído por la espera, deviene una gran llama que llega hasta los cielos, pero que puede apagarse por el relajamiento y preocupaciones por los asuntos e inquietudes de la vida.
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