“Yo soy la Verdad” (Jn 14,6). Por nuestra condición natural, caminamos acá abajo en las tinieblas (cf. Lc 1,79). Para elevarnos hacia Dios, es necesario ser aclarados sobrenaturalmente. Sólo Cristo manifiesta la verdad religiosa, él es “la Luz del mundo” (Jn 8,12). Su enseñanza, sin disipar toda la oscuridad, permite reconocerlo como enviado del Padre y adherir a él como Verdad suprema e infalible. “El Señor es mi luz” (Sal 26,1). El Evangelio aporta al mundo la revelación de las grandes verdades religiosas: de la Trinidad, la Encarnación, la redención, el más allá. Revela también el misterio de la paternidad divina. Cuando Jesús nos habla de Dios, lo presenta siempre como nuestro Padre: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes” (Jn 20,17). Una característica del Nuevo Testamento es habernos enseñado a llamar a Dios “Padre nuestro”, a comportarnos hacia él como sus hijos (cf. Mt 6,9; Rom 8,16). Con la paternidad divina Jesús nos revela nuestra adopción, nuestro destino celestial y bienaventurado y las actitudes y virtudes propias al cristiano. Recibamos de sus labios benditos esas enseñanzas, ya que emanan de la misma Verdad y unámonos a ellas con fe inamovible. Cristo también aporta la Verdad por una gracia personal de iluminación en nuestra alma. Esta iluminación propia a cada uno, es esencial al progreso de la vida en Cristo, en cada uno de nosotros. (…) Tenemos que considerar los caminos a la luz de la fe en Cristo, como una lámpara divina en medio de nuestro corazón. Pongamos a los pies de Jesús nuestras ideas, juicios, deseos, para mirar con los ojos de Jesús al mundo, las personas y los acontecimientos. Entonces, apreciaremos en su justo valor las cosas del tiempo y aquellas de la eternidad.
Lecturas Católicas Romanas – rosary.team